Se pasó la vida soñando en esos pueblos de montaña que son el final de una carretera. Aquellos que cuando llegas no te queda otro remedio que revivir tu pasado para irte. Deshacer los pasos dados en el camino para hacerlos renacer desprendiendo una nueva energía, esa de la que nos impregnamos al llegar al fin del mundo. Encontrarse en ese punto donde toda persona que llega lo hace de manera intencionada, con la pureza de no necesitar salidas de emergencia. Le daba tanta importancia a las relaciones que no concebía la dejadez de un "pasaba por aquí". Cualquier limosna era más improductiva que la solitud ante luces parpadeantes. Creía que el traslado a un sitio de esas características le daría a su vida la autenticidad que necesitaba.
Llegó a exiliarse algún verano entre montañas que hablaban de templarios. Compartió aventuras con personas plenamente conscientes de cada uno de sus pasos y con rumbo fijo. Todo le hizo sentirse como en casa. Una vez más. Vivía haciendo hogar cada espacio y eso provocaba que sus pensamientos, al fin y al cabo, fueran más aventuras que anhelos. Posibilidades y no intenciones.
O eso creía
Hasta el día en que se dio cuenta de que todas esas nubes con las que jugueteaba por su mente no eran más que un reflejo de la realidad de su día a día. Lo vio todo cierto amanecer cuando despertó en una montaña dispuesta a plantarle cara al mar. Lo entendió todo al salir de casa, al empezar a deshacer peldaños de una carretera que pone su punto y final al llegar a un faro. Una carretera con vistas al abismo.
Todas las incertezas que le habían supurado
adorando el compartir con uno mismo
Tantas lunas y tantos besos de más
Tantas copas de vino y tan poco carmín
Tanta felicidad con ausencia de promesas
que siempre son el error de la impotencia
Tanta paz y tanta espera
Supongo que a veces es tan fácil
como re-aprender a abrir los ojos
Que nos llegue el momento de entender
mientras no llegue el día en el que no necesitemos explicaciones
El día del despertar
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