21 de junio de 2014

Solsticio de muerte

La confirmación del quebradizo como muestra de una reestructuración interior. Sentir la pena en el corazón, quererla, hacerla mía. Observarla y acariciarla para ir gastándola y pedirle que se vaya cuando le apetezca. Pero incredulidad en ver que la mente no actúa, que los pensamientos son inexistentes y nada enturbia la paz. Más oscura, pero paz. Poco a poco se aclara un interior que nunca se cansará de dar las gracias, que vive envuelto en verde. La luz encuentra la salida haciéndose más tenue que nunca. Sí, tal vez se me haya ido la cabeza. Por fin. Ahora es cuando empieza a tener sentido todo, cuando la libertad fructifica en cualquier dirección.
Pero vuelve, todo vuelve y entonces más vale callar de nuevo y volver a volar bien alto esperando la caída. Acercarse a un cielo de cartón-pluma nacido para desvanecerse al mínimo suspiro de complacencia. Las luces de emergencia fundidas en un faro reinando la montaña del olvido, un mar de desiertos a sus pies, entre mis manos. La impotencia ante un destino caprichoso que pone trabas a la distancia, que no me deja alejarme ya ni con pasos. Ahora que tal vez toque quedarse es el momento de tomar consciencia. Los miedos se harán cenizas que tiraré en cada puerto para que se huelan a ellos mismos y no vuelvan. Seguiré cerca de los rostros de princesa que siempre han sabido reinar en esta ciénaga. Nos alegraremos las verdades a base de una complicidad imperante y fluida desde siempre y hasta el fondo en cualquier baño por común que nos sea, nos rodee lo que nos rodee.
Andar cerca de uno mismo, frotar las estrellas con la coraza del corazón para iluminarnos las verdades. Las plantas de los pies sobre la mesa como único camino hacia uno mismo. Sigamos cantando por favor, que esta noche toca fundirse y sacar provecho de un solsticio con intención de asesinar a una primavera marchita y un invierno bipolar.

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