7 de junio de 2014

Sigamos olvidando

Yo sabía que solo iría más rápido, pero alguien me tatuó lo de llegar más lejos acompañado. Y quién no recordaría ese horizonte de cielos reflejado en sus pupilas. Esos labios que se hacen espiral de precipicios. Ese bucle anunciador de una muerte plácida que son sus piernas en busca de placer. Quién sería capaz de sobrevivir a la perversión de un párrafo desgarrador de incertidumbres con un dardo como remite. Tal vez no seamos todo eso de lo que jamás hemos sido capaces de presumir. Tal vez todo sea culpa de la incapacidad para hablar en algo que no sea presente o un subjuntivo desdibujado. Pero es que en el corazón no existen ni pasados ni futuros, y esa es mi plaza de encuentro predilecta. Tal vez nos ensucie lo que ha llovido antes de decidirnos a quitarnos las suelas y empezar a bailar mojándonos los pies. Pero sigue lloviendo y el reloj no empezará a funcionar hasta el día en el que entendamos la relatividad del tiempo. Hasta que no nos decidamos a situarlo en nuestro cuarto pero más importante punto de partida de los siete que nos fluyen. Hasta que no lo veamos de tierra pero con tantos extremos como flores renacerían en tu espalda a cada roce. He visto aludes precipitando los suspiros y dioses reclamando fe ajena a sus cielos por beneficio ajeno a sus súbditos, cercano a los precipicios y horizontes. Las nubes dejan de ser turbias cuando se viven, dejan de ser densas cuando se palpan y todo queda por los aires. Se bailan mejor desde dentro, como todo.

Prometo seguir siempre olvidándome de mí

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