17 de febrero de 2014

El niño de sus uñas

Tocará partir con la desventaja del que ha suplicado un beso, algo asumible para quien está acostumbrado a jugar con las cartas sobre la mesa. Cartas vistas por entender la vida como un juego cara a cara contra uno mismo, sin importar quien se siente delante. Y ahora que parece que hay juego he sentido la pérdida del no saber hablar a la velocidad a la que pienso, siento o lo qué cojones pase por ahí dentro. He decidido hablar una vez todo lo que ha creado mi mente acepta su espacio en el mundo. Realmente lo he hecho toda mi vida pero algún día tenía que justificar mis pocas ganas de abrir la boca.

Que podría estar amando a Moneo por su amor a la vida y a las cosas bien hechas. Por su entrañable manera de hablar y sentir, por ser la novia que todo hombre soñaría. Pero sólo podría morir de amor ante un Pollock y su puro instinto y su grandeza y lo salvaje de su arte. Ante su poca coherencia, su incertidumbre y la esencia de las mujeres de no retorno. Supongo que por eso ciertos ojos rasgados acompañados de unas ojeras moradas es lo más bonito que han visto estas zapatillas de arrastrarse por casa. 

Que por muchas heridas que haya lamido, y también alguna fuera mía pero al revés, yo sólo tengo una que no entiende de cicatrices y la quiero tanto como a los parches con los que mi madre me adornaba mis pantalones, los de proteger las rodillas ansiosas por vivir aunque fuera a rastras y los de marcar primero los goles.
Me he vuelto a sentir como un niño. Como el niño nuevo de la clase, ansioso por conocer mundo y mudo de respeto, del miedo a un paso en falso que desoriente alguna posibilidad de algo, aunque fuera de no ser el último al que eligieran a la hora de jugar.

El mismísimo Picasso escondiendo 'Les Demoiselles d'Avignon' por el qué dirán. Que él sabía que lo de cambiar la mentalidad del mundo era cuestión de tiempo, y yo hace tanto que perdí las prisas, por lo de rendirme ante la evidencia, que ya no recuerdo dónde escondí aquellas ansias por vivir.
Espero que el mapa del tesoro que pinté en alguna espalda me recuerde por donde anda la vida y que no sirva de nuevo para acabar recogiendo pedazos de algo rojo como si fuera la hora del patio y una vez más hubiera perdido a las canicas o me hubiera pasado de listo al ganar.




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