18 de enero de 2014

¿Os había dicho que me voy a la India?

Todas las mujeres importantes de mi vida tienen parte de su existencia en tierras remotas. Hay ciertos lugares del planeta a los que les impusieron nombre propio y femenino. Lo lejano que se ubica y mi admiración hasta ése espacio son los parámetros con los que se calcula la profundidad de las heridas de ellas. Al conocerlas sientes que te alejan de tu punto de pérdida, te transportan a unas extravagancias que hacen familiares a base de suspiros.

El primer caso apareció sin destino. Me empujó sin ruta asignada. El combustible: la falta de pausas, el exprimir cada momento sin hoja de ruta y sin controlar la velocidad y sus trompicones que tensan cualquier cadena. Buscamos un trébol que salvara aquello que nos hizo volar sin saber aterrizar, y así a base de hostias contra el suelo las hojas acabaron con las redondas como puntas y todo lo verde rojo. Y yo viajando y preguntándole a la policía montada dónde podía encontrarme,  dónde poner una orden de busca y ruptura.

El segundo caso le puso plomo a los tacones de palacio. Cargando el porta-penas de las responsabilidades del futuro. Llenando la despensa de lunas a las que mirar (aunque nunca llenas). Fue la belleza y la buena fe, intentando enseñar a hacer el amor, sin ver que hay cosas que deben florecer solas. Sin comprender que mis suelas están hechas para los derrapes del presente, que se colapsan con el peso de lo que está por venir y que en mi retaguardia no tengo recambios de goma, que siempre he preferido cambiar de zapatillas. Supongo que por esos motivos no aspiró a llegar a ser país y tan sólo pretende ser alguna ciudad cercana a la península. Pero quién es capaz de vivir sin enamorarse de Barcelona una vez conocida. Que allí sigo perdido y a gusto.

¿Qué decir de un viaje de ida y vuelta? De verla aparecer en tu vida con la doble nacionalidad, sin necesidad de residencia previa. Con esa ambigüedad de no saber si anduvo a mi lado o me esperó en el destino. Ese cebo que anda delante obligándote a tener siempre la boca abierta y sin clavarte más que los restos de espinas que deja a su paso. Fue verla llegar y saber que estaba de regreso y que yo seguía sin escuchar el pistoletazo de salida. Ella de vuelta y yo mareado. Pudo ser ciudad, país, continente e incluso astro. Puede serlo todo a la vez, puede elegir el momento y el espacio. Llegó especulando hasta dónde clavar su dardo, porque sabía que toque donde toque, la sangre hará el resto y siempre llegará al mismo lado, al izquierdo.

Lo peor de estos viajes acostumbra a ser la vuelta. Cuando cogen un billete de última hora sin avisar, y siempre dejan por pagar lo que valen sus heridas. Y no es la primera vez que necesito irme bien lejos para recoger una parte de mí que me perdieron, que escondieron. Que se olvidó del camino de vuelta cuando cerró la fiesta de los labios, y anda en las puertas de un after sin saber que nunca volverán a abrir más que unas piernas esporádicas. Pero yo siempre he sido de acabar desayunando, y las pastas y lo dulce caducó hace tiempo.

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