Creo en la libertad como contraindicación a las adicciones reprimentes. Que me siento con la vida como mi alma con mi cuerpo, utilizando y exprimiendo aquello que me acerque a un nivel vibracional suficiente como para no tener que volver a cantaros tantas veces la misma canción. Ese astral superior en el que poder trabajar largo y tendido sin bajar a ver estas reprimendas que creéis reales. Me acerco a las fuentes de aguas rojas con las manos manchadas de negro y el rostro anhelante por el roce de las palabras de un seudopoeta neobukowskiano recitado desde las entrañas donde nacen los sentimientos que después creemos sentir el resto de mortales. I digo creemos porque hay lagrimas capaces de apagar las estrellas de cualquier otra noche que puedas imaginar, y suerte que amo vivir a oscuras. Que ya no tengo miedo de ver otras vidas a mi alrededor después de ver lo temporal de mi cuerpo putrefacto tendido en mi cama mientras yo decidía volar. Si no llegáis a sentir lo que es llorar por entenderse a uno mismo, tal vez nunca aprendamos a hablar el mismo idioma.
Lo fácil sigue siendo quedarse al margen de todo y podría entenderlo de quien aún no ha recordado lo mágico de vidas pasadas. Pero de nada sirve verse por dentro, entender nuestro mundo, si después no somos capaces de plantarle cara a nuestros miedos. Si tan sólo nos limitamos a devorar letras tanto nuestras como ajenas en las entrañas de eso que nunca mostraremos a nadie. Nunca estaremos en paz con nosotros mismos, si no nos declaramos la guerra. Nunca llegaremos a ser nosotros por más que sintamos unos destellos de felicidad que nacen de reprimir nuestras verdades, de controlar lo que nos aterra, de no plantarnos cara y empezar a conocernos. Nunca se podrá empezar de cero porque eso es algo que nos queda a vidas luz.
Así que sigamos perdidos con los demás por mucho que nos encontremos a nosotros mismos. Aprendamos a manchar aquello pasajero para darnos cuenta contando manchas de si ha valido la pena. Y puede que hable de eso tal vez fino tal vez no, pero sí erecto, que es reencarnación de esa línea tan fina que separa goce y dolor. O puede que hable de las cicatrices que sólo vemos los que entendemos la empatía como un atraco a corazón armado que sólo quien nos habla desde el amor merece. Pueden ser tantas cosas que ya nadie más que yo entenderá que prefiero quemarlas en estos días en los que veo el mundo tan negro como claro.
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