El eco de los fusiles de asalto
aún retumba en París
(como en tantos otros sitios)
Un padre me llama “hijo de puta”
mientras su hijo corre por mi lado
empujando una pelota
Los gritos de una mujer
antes de ser degollada
retumban
en el barrio de mi madre
Mi vecino sueña cada noche
con fusilar a un musulmán
que cada mañana piensa
en inmolarse
y que tal vez viva
al girar la esquina
En la plaza del pueblo
cuatro perroflautas cantan
un solemne “no a la guerra”
después de haber acuchillado
al recuerdo de su amante
mientras se follaban a su novia
y viceversa
Y todos, desquiciados,
seguimos en la esquizofrenia
de reclamarle al exterior
lo que jamás seríamos capaces
de observar en nuestro interior
Mientras
nos miramos a un espejo
enfadados
por lo que vemos
seguimos
pensando,
que la
guerra está fuera

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