Hay personas que son faro, y no estoy hablando de sus ojos. Dejadme que os cuente:
Hace tiempo me vi en una isla de escombros. Sobre ese parque temático en el que pretenden que vivamos para que molestemos lo justo. Me vi, y cuando te ves así el siguiente paso, una vez trituras los miedos, siempre es la deriva. El salto hacia uno mismo sin nada que entender, viendo un gran vacío y sin llegar a imaginar la dureza del suelo que amortiguará la caída. Surqué hacia un charco que se hizo océano. Me maravillé de cada atisbo de simplicidad engendrando la pureza. Me perdí mucho, en todas direcciones y sentidos. Volé por cientos de cielos, me vi sosteniendo estrellas y bailando con la Luna. Me enseñaron la grandeza de nuestras posibilidades como incentivo para seguir confiando en remar. Seguí pese a las tormentas. Retrocedí las veces que hizo falta hasta apaciguar esos incendios capaces de reavivar, incluso en alta mar. Reviví el dolor sin pudores, hasta entender qué fallaba en mí para permitir que el pasado fuera capaz de hacerse desierto sin agua, invierno sin sol o lágrima sin rostro. Y seguiré reviviéndolo las veces que haga falta.
Cuando mirar atrás empezó a provocarme una sonrisa, mirar hacia delante empezó a tener sentido.
Entonces me volví a ver, no donde estaba, sino cómo soñaba estar. Me vi sintiendo la paz de pisar tierra firme, pero sin perder las ganas de caminar. Proyecté el interior que mi alma anhelaba para seguir en su camino hacia la totalidad, es decir:
Me imaginé siendo capaz de convivir con el amor libre, acariciando unas alas ajenas. Siendo capaz de alejarme de la persona que nació para acompañarme (en caso de que existiera) con la sonrisa de quien agradece cada instante sin nostalgias. Algo así como hacer nubes de cada candado, como convertir las cadenas en pompas de jabón, y soplar. Soplar envuelto en gracia, soplar sin la necesidad de que nada vuelva. Creí que algún día amaría con más hechos que palabras, que me olvidaría de arrastrarme supurando suicidios. Pensé también en comprenderme a la hora del placer. En que tal vez con el tiempo acabaría conociendo mi cuerpo y haciéndolo vibrar a magnitudes que hablan de bendición. Incluso siendo optimista llegué a imaginarme compartiendo todo esto.
Entonces el cielo se decidió a hablar. Porque, ¿cómo van a llegar las bendiciones, si no es desde arriba? Ella descendió con la templanza de quien no tiene nada que perder. Yo sonreí con la soberbia de quien se ha pasado la vida sabiendo que jugaba en casa. Y por fin experimenté la dureza que hay al otro lado del vacío. De repente te planteas si lo que has hecho hasta el momento ha sido vivir o esperar a que llegara la vida. Porque todo aquello que soñaba entre olas se acaba materializando y me cae delante, poniendo mi mundo patas arriba. Aparece la luz del faro para mostrar la tierra donde pretendo sostenerme. Llega ella y me enseña que todo es posible, que lo que yo anhelo ella lo porta en su interior. Sobretodo me hace ver que puede existir en el mio. Pulveriza cualquier pasado avivando cualquier futuro. Llega como un empujón hacia mis sueños, les pone forma y les sonríe. Y me sonríe. Un guiño a la presunción de felicidad.
Llega ella y todo se ilumina.
Veo ante mí aquello que esperaba en el camino, y ahora lo quiero en mí. En mi interior.
Nos alejamos y no pasa nada. La abrazaré la infinidad de veces que me apetezca reinventando la distancia.
Ella ha hecho verdad mi camino, y yo ahora sé hacia donde tengo que andar.
Compartirlo con ella sería una alegría, pero nunca será una necesidad.
Por eso me despido soplando.
Soplando libertad y palpando el deseo.
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