Os encerráis en salas acolchadas a torturaros con palabras. Empeñados en estirar las lágrimas de quien entiende y acepta la vida desde su esencia. Mirando con cara de pena a aquellos que decís "Se apagan", y la pena la dais vosotros apagando la inmensidad que aún os queda por disfrutar con ellos. Nada va a decir si no acercáis la oreja, si no queréis escuchar de verdad sin miedo a lo que venga. La sonrisa más pura por luchar en cada guiño para frenar los caprichos de una vida que aún se nos escapa de las manos. La sinceridad de la sencillez más cercana haciendo de cada arruga cosquillas de complicidad. La felicidad de saber que nunca es tarde y que el presente cada vez lo es más, y por ello más pleno y bonito.
Os empeñáis en llegar al fin del mundo por una familia que planteáis inamovible hasta que el dinero os corrompe. Pero si vamos a los lazos más cercanos sois capaces de perdonar barbaridades, de aislaros por un ego en plural. Sois capaces de llegar al fin del mundo por ellos, por vosotros, y os acojona llegar al final de una vida. No sois capaces de ver porqué os acojona y es muy simple. No habéis vivido en paz, os dais cuenta de como desperdiciáis vuestra vida, porque no hay mejor espejo que quien tenemos al lado, y de como a esa persona no fuisteis capaces de darle incondicionalidad. En demasiadas ocasiones preferís salir corriendo y no ver la verdad, acabáis frustrados una y otra vez. Igual que con un sexo que os da placer a cuentagotas, pero aún así tiráis vuestra existencia a sus deseos. Buscando constantemente algo en los demás, sin daros cuenta de que todo está en vuestro interior. Que la plenitud es encontrar el masculino y el femenino dentro de ti. Y para lo que sigue no existen palabras.
El pasado se hace ácido cuando sabes que no lo has vivido como un presente, cuando no le diste todo de lo que disponías. Cuando siempre has actuado esperando algo a cambio reclamando y exigiendo responsabilidades que incluso siendo tuyas te divertías en repartir. Y así os perdéis en lo surgido sin intensidad para olvidar de nuevo lo que estáis viviendo ahora. Entonces llega el ego y en ver la tristeza ajena se prepara para autoalimentarse una vez más a costa de la sinceridad ajena. Tomáis como vuestro cualquier sentimiento para sugerir que lo acompañáis, pero os equivocáis cuando lo intentáis hacer con quien es capaz de sentir de verdad, en el corazón. La pena es propia y es precioso quererla, como es precioso compartir una lágrima cuando es sincera, cuando se comparte porque entiendes que tú también eres esa persona, que todos formamos parte de lo mismo, somos lo mismo. Y eso nada tiene que ver con soltar cuatro palabras para saciar vuestro ego.
Habéis prostituido tanto la palabra sentir que me veo incapaz de pronunciarla sin que duela.
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