Veis de mí la imagen que me forjé en la época de mi vida en la que creía que el encanto de cualquier mujer estaba en zonas húmedas. Y busqué, ¡ya ves si busqué! Hurgué, me salpiqué, me corrí e incluso disfruté.
De tanto mojarme se me secaron los huevos y empezó a llegarme algo a eso que espera sentir. Entendí que el secreto estaba en entenderme, mirarme, sentirme, en hacerme caso desde dentro. Así es como llegaron los encantos de verdad, esos que fluyen, flotan, pero no se tocan. Lo físico se desvanece para dejar paso a auras multicolor. Las bocas las valoras más, te das cuenta de que no sólo sirven para el sexo oral también para el sexo hablado, y las manos para el sexo táctil y para el sexo escrito.
Orgasmos
que nacen
del roce de una palabra al viento
en el momento exacto
y corridas
que resbalan
por la cara
saltando
de las ventanas del alma.
Tenéis esa imagen de mí y me encanta, me va de lujo, porque es así como veo de quién tiene sentido rodearme. Porque para mí prejuicios despectivos hace tiempo que dejaron de tener sentido. Tal vez me exceda con las expectativas y de ahí las decepciones de lo desconocido. Pero es que estamos aquí para soñar bonito y de nada sirve pensar en infierno.
Así es como aprendí a buscar el encanto a las personas,
sabiendo lo que esperar de cada una de ellas
y dejando el margen justo para la alegría de una sorpresa.
Que se conoce a una persona cuando no se necesitan ojos para verla ni boca para hablarle.
Seguiré en el regazo de algo ya extinguido
Esperando
esa mirada sin ojos
esa palabra sin boca
ese beso con alma
es decir: esa sorpresa que no entienda de márgenes

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