Despedirse de la culpa y del instinto,
del rencor hacia uno mismo
Aceptar los cielos incendiados
por seguir abrazado al impulso
de satisfacerlo todo
tal y como nace
Enganchado al deseo
de lo no vivido
de lo perdido
y de lo desconocido
De aquello que surge sin presencia
y también cuando existe ella
Pretendemos los acuerdos
cuando todo está acabado
y lo que parece una intención
nunca antes mostrada
acaba sabiendo a reproche
En qué momento
pasamos de la observación al juicio
del amor al odio
y del deseo al rechazo
Porqué tanto bajo los velos
y tan poco al ver la luz
El echar de menos
en relación a los polvos
que harían falta
para dejar de hacerlo
y las ganas de vida
paseando entre dos puentes
bajo el cielo soleado
La amargura de una ciudad entera
sobre mi espalda
mientras ando más solo que nunca
Sobre mis hombros el cemento
y en el suelo unas arenas movedizas
que me frenan tanto como me empujan
Caras y más caras me atropellan
incapaces de ver el entierro
en el que ando convertido
De nuevo pierde el sentido
eso que llaman vida
tras un día en el que sé
que he vuelto a cambiar mi mundo
Saber que donde tengo que estar
es donde estoy
aunque me siga costando tanto
sonreír
Perder las ganas de existir
después de cada logro
como se desvanecen las ganas de hablar
después de cada polvo
Tenerlo todo tan cerca
y no saber tocar nada
Entonces acordarme
de que no solamente estoy
donde tengo que estar
también estoy
donde quiero estar

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