Su nombre fue la segunda muestra de la gran luz que desprende. La primera, fue vernos volar por el cielo más completo que he sentido jamás. Conocerla sin haber hablado con ella, sin haber contemplado su rostro, me parece de lo más normal a estas alturas del juego. Desearle los dos a la misma divinidad me hace pensar en todo este tiempo que llevamos compartiendo sin saberlo. Tal vez en esta paz de sentirme tan sólo viviera ya hace mucho una semilla de sus abrazos. Sé que hay algo de ella en este sol de invierno que me calienta las mejillas a base de caricias un 24 de febrero.
Una primera vez es siempre un cúmulo de expectativas a las que dejar morir por inanición, por eso presiento un reencuentro de algo eterno. Porque no veo lujuria al pensarla, veo una puerta que me invita a saltar al vacío con los ojos cerrados y los brazos abiertos. Veo un intercambio a magnitudes indescriptibles con palabras e incomprensibles sin consciencia. Veo que hay cosas para las que nunca estaré preparado, por eso me rindo a la predisposición absoluta ante la vida, me enamoro de todo lo que me ponga delante y espero sin prisa el momento. Esta vida que dictó que a su lado no existiría indiferencia.
No tengo ni puta idea de si mis piernas serán capaces de temblar esta vez. O si un nudo en la garganta intentará hacerse preludio de una voz rota e indefensa. Ni lo sé ni me importa porque hablo desde la calma de haber adquirido la paciencia suficiente para degustar, saborear y disfrutar cualquier espera, por eterna que sea. Simplemente por esta sonrisa que dibuja la ilusión despertada ya valió la pena el cruce de caminos. Esto seguirá gravado en mí como una realidad absoluta y no como una expectativa, así se desvanece cualquier miedo, así se siembran las verdades.
te espero
sentado a la vera
de este almendro florecido
te espero
contando los múltiples pasos
que doy hacia ti
sin necesidad de moverme
te espero
vacío de esperanzas
te espero
pero esta noche
por si acaso
volvemos a volarnos juntos
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