Podría preguntaros por el sexo y me hablaríais infinitamente de técnica sin preocuparos lo más mínimo la esencia. Me hablaríais de lo que os gusta, lo que lo disfrutáis, lo mucho que lo necesitáis, lo bien o lo mucho que lo hacéis; y que siempre queréis más. Todo eso sin ser capaces de formular una definición mejor que aquella más básica, terrenal, animal y vulgar. Os olvidáis de que tenéis la mejor arma para provocar amor. De cualquier tipo. En realidad yo sé tan poco como vosotros, pero empieza a incomodarme la ignorancia, a agotarme la constante frustración. Supongo que por eso el universo me volvió a demostrar que sigo en el camino dejándome disfrutar de un retiro tántrico, abriéndome a experimentar la pureza cuando todo nace del amor.
La inocencia volvió a vestirse de noche con lágrimas de cielo y de amor. Los abrazos como el respirar, las caricias hechas orgasmo y los ojos empeñados en fundirse una y otra vez. Confundir cada sonrisa recibida con un pedazo de derecho para ser feliz. Aprender pasa a ser anecdótico cuando experimentas crecimiento a gran escala. Las edades deciden contarse con vidas y no con años cuando se juntan tantos brazos abiertos y sin corazas. Crear una vibración crística-arco iris de amor incondicional que pretende quedarse por mucho tiempo a colorear y alterar cualquier turbulencia. Empaparnos de nosotros mismos siendo capaces de encontrarnos en el prójimo.
Aún así reavivaron viejos patrones que me hacen ver la importancia de la repetición y la constancia para avanzar. Volver a encontrarse en lo más terrenal desprovisto de emociones pretendiendo apaciguar el fuego que jamás se irá sin ser comprendido. Ése es mi ego, y no el de conocerme, respetarme y amarme; como intenta hacer ver aquel que no es capaz de ser responsable de su propia felicidad. De su culpa. De su vacío existencial
Yo no quiero a las personas por cómo llegan a mi vida, las quiero por estar en ella. Por ser personas
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